Inicio    Vivir en un sótano: los millonarios de Londres construyen hacia abajo

Al 43 de St. Leonard’s Terrace, un adosado en Chelsea, le ha salido una extensión: una enorme barraca de obra que ocupa toda la acera, la entrada y la ventana del salón. Lleva ahí año y medio: en febrero de 2017 su dueño, un empresario de Emiratos Árabes Unidos, obtuvo el permiso y los obreros empezaron a excavar. Son 9 metros bajo el suelo divididos en dos plantas. “Será un cine, aunque todavía le faltan sillas”, cuenta uno de ellos. “Hay partes en las que seguimos cavando”.

A la vuelta de la esquina, en Durham Place, hay una obra similar: de 7,7 metros subterráneos para que el propietario meta su propia piscina, según detalla el informe sobre el impacto de la excavación. En la calle paralela, la pequeña Smith Terrace, otro más. “Ha sido molesto”, suspira el vecino de al lado, aliviado porque los obreros están a punto de terminar. “Pero no tanto como creía. Al menos se harán cargo de las grietas causadas”.

Foto de uno de los sótanos. (Basement Design Studio).

Londres vive desde hace una década un fenómeno peculiar: los ricos han empezado a construir hacia abajo. Entre 2008 y 2017, la ciudad recibió casi 6.000 solicitudes de excavación de sótanos privados, de las cuales aprobó 4.650. Aunque el pico se dio en 2014 y 2015, las licencias duran tres años y aún quedan muchas obras en las calles. Los ‘basements’ (su nombre en inglés) o ‘casas iceberg’ (como las denominan medios y arquitectos) son extensiones de entre 3 y 15 metros bajo el suelo para albergar, según el caso, gimnasios, salas de cine, peluquerías, bodegas o spas. Incluso un propietario solicitó permiso para construir una playa artificial subterránea.

Las obras – reconocibles por las casetas pegadas a las viviendas y el ajetreo de camiones – se concentran en los barrios más pudientes: en Westminster (647), Chelsea (1.022) y Hammersmith y Fulham (1.147).

Foto de un megasótano londinense.

¿Por qué los millonarios se dan a la vida bajo tierra? Principalmente, por la limitación para construir hacia arriba y las ganas de aumentar el valor de su vivienda. “Cuando tienes una propiedad en Chelsea u otras zonas, no puedes construir más de lo que hay”, explica María, una arquitecta española que supervisa una de estas obras. “Imagina que compras una casa de 700 metros cuadrados y dices: quiero más. ¿Cómo se hacen más metros? Algunos ponen habitaciones en el jardín o amplían un balcón. Pero suelen estar coartados por las restricciones locales, así que los sacan de donde pueden. Y excavan”.

“Muchas casas ya tenían sótanos”, añade Roger Burrows, profesor de la Universidad de Newcastle. “Pero la tecnología para excavar ha mejorado. Y ahora hay más gente con 3 millones de libras para invertir. El crecimiento se da a partir de 2008, cuando llega el dinero al centro de Londres. La gente siempre los ha hecho pequeñitos, pero los grandes sótanos son novedad”.

Millonarios contra billonarios

En su empeño por convertirse en capital global, Londres lleva años atrayendo a ‘superricos’: a inversores rusos, chinos y árabes que compran propiedades. Hasta ahora, los medios habían estudiado casos de construcción hacia arriba – como el de la torre de Vauxhall, el edificio residencial más alto de la ciudad, en el que dos tercios de los apartamentos pertenecen a extranjeros y empresas registradas en paraísos fiscales. Pero no había datos precisos sobre lo que se cocía en el subsuelo.

Burrows publicó en mayo los primeros: su estudio “Mapeando la geografía subterránea del Londres plutocrático: ¿trogloditismo de lujo?” analizó todas las solicitudes y características de cada sótano. De los 4.650 concedidos, 897 son grandes (más de dos plantas) y 112 son auténticas megaconstrucciones de hasta 18 metros de profundidad. Algunos ocupan más hacia abajo que hacia arriba.

“Teníamos estudios sobre el reemplazamiento de élites tradicionales por superricos”, continúa. “Estas élites no paraban de hablar de sótanos: del ruido, de cómo había cambiado su vida. Muchas celebrities se quejaban de vivir puerta con puerta con excavaciones de sótanos. Todo el mundo decía que había muchos, pero nadie lo había medido”.

Mapas con la ubicación de los sótanos en Chelsea y Fulham. Universidad de Newcastle.

Por “celebrities quejándose”, el profesor se refiere a la guerra emprendida por los ricos contra sus nuevos vecinos excavadores, aún más ricos que ellos. El ejemplo más sonado es el del guitarrista de Queen, Brian May: en 2014 publicó un texto titulado “Desgraciados constructores de sótanos” (Basement building bastards) en protesta por el que le habían plantado al lado de su casa.

“Esta gente ha decidido incrementar el valor de su propiedad con un sótano. Requiere una enorme máquina taladrando durante cuatro meses. La máquina grita, distrae a cualquiera que esté cerca. Hay por lo menos 30 casas afectadas”, escribió. “Perdemos horas de sueño. Estamos estresados, enfadados, irritados y destruidos por la falta de poder ante ello. Este estrés afecta a la salud. No podemos sentarnos en el jardín y disfrutar del sol o tener un rato pacífico. Cuando terminen, otros egoístas desgraciados harán lo mismo porque tienen permiso de construcción. Kensington solía ser un lugar decente para vivir. Ahora es el Agujero Infernal. Es hora de pasar a la acción”.

Sótano en Westminster.

Excavar un sótano no es sencillo, claro, y menos si tu casa está adosada a otras dos. “Primero se hace un vaciado de terreno”, apunta Gastón Chetrit, director técnico de Canexel, una empresa que ha cavado varios en España. “Después, se ponen muros de hormigón de contención. Lo más importante es la impermeabilización de esos muros y del suelo”. Las aguas del subsuelo se recogen mediante una canalización. “Un tubo absorbe la lluvia y, con bombeo, se lleva fuera”. Los precios de construcción en Londres están a unas 3.000 libras el metro cuadrado y la duración va de 6 meses a un año, con el consecuente ir y venir de máquinas en las calles.

Conscientes del conflicto, todos los distritos introdujeron restricciones de profundidad entre 2014 y 2015. “Pero creemos que muchos se las saltan”, continúa el profesor. “Vimos un incremento de solicitudes de entreplantas: dices que cavarás un único piso, pero no es así”.

“¿Es un problema? Por supuesto”, dice la vecina del 7 de Durham Place. “Toda construcción lo es. Llevo viviendo aquí año y medio y no han parado”. En el sótano a la vuelta de la esquina – el del empresario de Emiratos Árabes Unidos – la compañía pidió su opinión a diez vecinos antes de empezar a construir. Casi todos expresaron su preocupación por la que se les venía encima: ruido, polvo, incidencias en el tráfico y “la cantidad de solicitudes similares aprobadas” a su alrededor.

Ver a gente rica peleándose siempre es interesante. Es una manifestación concreta de un conflicto de élites”, apunta Burrows. “Pero también hay racismo. Que haya un ruso o árabe al lado no gusta a los residentes ingleses, que encima ven vulgar que construyan piscinas bajo tierra. También que las propiedades suelan estar vacías”.

¿Quién construye megasótanos?

Sólo hay una vivienda con megasótano – piscina incluida – entre los anuncios de Chesterton’s, una inmobiliaria de Chelsea. Se alquila a 65.000 libras (74.000 euros) al mes. “Es un mercado de gama alta y nicho”, indica uno de sus agentes. “La gente que tiene uno no suele alquilarlo: ni lo necesita, porque tiene dinero de sobra, ni hay demanda. Si de veras lo quieren alquilar, tienen sus propios agentes, no vienen a una inmobiliaria”.

No hay datos exactos sobre la procedencia de los propietarios de sótanos. Burrows apunta a que muchos, especialmente los grandes, están – como la torre de Vauxhall – en manos de inversores extranjeros. “No suelen ser chinos, que prefieren rascacielos. Y no es tanto gente inglesa como armenios, rusos, propietarios de Oriente Medio o americanos. Muchos son de empresas, así que es difícil trazarlo”. El asunto de los megasótanos se cruza con el de las viviendas offshore: según la organización Transparencia Internacional, en la capital británica hay 36.342 propiedades de compañías en paraísos fiscales.

“Usan las propiedades de Londres como depósito”, concluye. “Tú pones la inversión y la dejas ahí. La gama alta pertenece a gente que no vive aquí”.

¿Sería esto posible en España?

En 1975, el arquitecto Fernando Higueras – autor, entre otras cosas, del Patronato de Casas Militares, el edificio de hormigón de la rotonda de San Bernardo de Madrid – se separó de su mujer y cavó su propio sótano: el Rascainfiernos. Son 9 x 9 metros que incluyen habitación, cocina y salón y un enorme cubículo cubierto con lucernarios por los que entra luz. La vivienda, ahora sede de su fundación, puede visitarse previa petición (si eres profesional de la arquitectura)”. Está en la Colonia Albéniz, en Chamartín.

Rascainfiernos.

“Vino a vivir en el 76. Ya tenía 12 años de carrera y dinero para comprarse esta casa. Mientras hacía la reforma, decidió construir esto para él. Son dos casas desconectadas”. Entre las bondades de vivir en un sótano, su mujer, que lo enseña, destaca la temperatura casi constante, de entre 18 y 25 grados todo el año. “En verano no necesitas aire. Cuando entró César Manrique dijo: ‘Lo que más me gusta es que no suena el aire acondicionado’. Y Fernando decía: ‘es que no hay’. Y César: ‘¡no me lo puedo creer, Fernando!’ Claro que no había. Y ahora estamos a 4,5 metros bajo tierra y no se siente sensación de claustrofobia”.

El de Higueras es un caso aislado y especial. “Aquí no tienes la chicha sociológica de Londres”, afirma entre risas Pablo Gil, arquitecto y autor de una cueva en Granada. “Pero hay un enorme potencial en el subsuelo. Todo terreno en el que no haya parkings se puede excavar. Yo mismo lo estoy haciendo en mi casa de Ciudad Lineal, en Madrid”.

Gil se compró la planta baja de un edificio y construirá un sótano para meter un estudio. “Puedes hacerlo. Hay que solicitar una licencia de obra mayor, porque lleva estructura, presentar proyecto técnico y estudiar el Plan General de Ordenación Urbana para cada caso. Pero no hay limitación”. Los arquitectos de Canexel – especializados en chalés unifamiliares – añaden que la normativa es diferente en cada zona y que ya llevan unos cuantos en Cataluña y Madrid. “Como en Barcelona el terreno es inclinado, se aprovecha. Lo habitual es hacer garajes, pero también hemos hecho bares”. A la hora de venderlo, eso sí, habría que solicitar la cédula de habitabilidad para que el banco le dé la hipoteca completa al comprador.

“En los 70 Higueras se hizo el Rascainfiernos y está en perfecto estado. Es un gran ejemplo de todo lo que se puede hacer. Las constructoras están más que preparadas y un buen arquitecto, con buena dirección técnica, puede sacarle partido al subsuelo”, concluye Gil. “El mío no iba a ser muy profundo, de 2,2 metros… Pero después de ver todo esto, estoy dándole vueltas a cavar más. Lo pensaré”.

Foto: Fernando Higueras.

Artículo Original elconfidencial.com

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